3 ago. 2009

Adeuses

Ele pensou que sim, mas não...seguia ali, sentado, confessando seus ¿adeuses e esperando as boas vindas.
Demorava tanto em cada confissão que o tempo se aturdia ante suas duras presenças, que sim, podiam dar-lhe as boas vindas.
Uma vez ou outra se abraçava à sua própria palavra, isso com o mesmo assombro e a mesma ansiedade que o levara a fazer de sua confissão uma memória, muito útil para entender sua própria história, ora rodeada pela solidão, ora obscurecida pelo medo.
O lugar era sempre o mesmo, apesar de que às vezes o disfarçava com algumas cores, para esconder o dia ou a noite, para sentir-se seguro, para se surpreender. Quem passava ali sempre ela ela, tão assustada, tão terna, tão ligeira e sonhadora...tão boba às vezes, que aonde quer que passava deixava alguma coisa sua, alguma alegria, alguma saudade, alguma lembrança...alguma lerdeza.Quase nunca tinha um encontro, quase sempre uma despedida.
Se despedia a cada manhã dos cabelos que se emaranhavam entre seus dedos, murchos, ondulados, cansados de estarem presos naquela cabeça. Adeus às lágrimas que nas noites dilapidavam seus sonhos e prolongavam sua ausência. Adeus ao seu minúsculo céu particular que de madrugada era amado por pássaros, por verdes silêncios, por caminhos invisíveis. Adeus à possibilidade de apagá-la de sua ansiedade, de seu desejo, de sua saudade teimosa e sua vontade de voltar a tê-la.
Inúmeros adeuses, dos que se despedia depois de cada história, cedendo lugar à ignorância da própria realidade, essa de verdade mesmo.
Sentiu o silêncio e o medo o invadiu, quis lutar contra esse medo de ser, contra o medo de lembrar-se, contra o medo de mudar a história, mas o medo nascia com as raízes no ar, incerto, como a maioria dos seus medos. Então disparou a correr, desejando que a distância e o tempo tivessem a arte de apagar as pegadas...mas estava totalmente desesperado, medroso, sua história era tudo o que tinha, tinha algo a perder, ainda que fosse pouco, ainda que não fosse nada, essa era sua certeza.
Pensou que sim, mas não...ele sabe que apesar de tudo vai amá-la para sempre. Sua história o levaria à ela, ainda que com incontáveis medos, ainda com a necessidade de mudar as coisas apartir de uma certeza de amor. Mas ele seguirá alí, encolhido, esperando as boas vindas.

30 jul. 2009

Adioses


Pensó que sí, pero no... él seguía allí sentado confesando sus adióses y esperando las bienvenidas.
Tardaba tanto en cada confesión que en el tiempo se aturdía ante austeras presencias que bien podrían darle la bienvenida.
Una y otra vez se abrazaba a su palabra, con el mismo asombro y la misma ansiedad que le llevó hacer de su confesión una memoria que era historia casi útil para entender un poco mejor y en profundidad esas palabras que aturdían la soledad y enmascaraban el miedo.
El lugar siempre era el mismo, aunque a veces lo disfrazaba con colores, para ocultar el día o la noche, para sentirse seguro, para sorprenderse. Quien pasaba por allí siempre era ella, tan asustada, tan tierna, tan ligera y soñadora... tan tonta a veces, que donde quiera que pasaba dejaba algún bien, alguna alegría, alguna nostalgia, algún recuerdo... alguna torpeza. Casi nunca había un encuentro casi siempre una despedida.
Se despedía cada mañana de los cabellos que se enredaban entre sus dedos, marchitos, rizados, cansados de estar presos de esa cabeza. Adiós a las lágrimas que en las noches dilapidaban su sueño y alargaban la ausencia. Adiós a su minúsculo cielo privado que en la madrugada era amado por pájaros, por verdes silencios, por transparentes caminos. Adiós a la posibilidad de borrarla de su ansiedad, de su deseo, de su terca nostalgia y voluntad de volver a tenerla...
Adióses innúmeros, de los que se despedía después de cada historia, cediendo paso a su ignorancia de la realidad ´real´. Sintió el silencio y lo inundó el miedo, quiso luchar contra ese miedo de ser, contra el miedo de recordar, contra el miedo de cambiar la historia, pero el miedo nacía con las raíces al aire, incierto, como la mayoría de sus miedos... entonces echó a correr deseando que la distancia y el tiempo tuvieran el arte de borrar huellas... pero estaba preso de la desesperación, preso del miedo, su historia era todo lo que tenía, tenía algo que perder, aunque fuera poco, aunque fuera nada, esa era su certeza.

Pensó que sí, pero no... él sabe que a pesar de todo va amarla por siempre. Su historia lo llevará a ella, aún con mil miedos, aún con la necesidad de cambiar las cosas a partir de una certeza de amor. Él seguirá allí acurrucado esperando la bienvenida.

22 jun. 2009

Abarrotados


Dicen y predicen,

enuncian, anuncian y denuncian,

proponen, disponen y posponen,

inventan, alertan y fingen,

hurgan entre lo increíble, lo imposible, lo absurdo y lo inconcebible,

arañan con agudeza sorprendente, insólita y fantástica, lo querido, lo olvidado, lo profano, lo sagrado, lo odiado... lo mentado,

agotan agendas, lapiceras, cuadernos, plumas, teclados, lápices y libretas con la sonrisa orgullosa de quien aprovecha sus horas,

se sumergen ufanamente entre historias, cuentos, poesías, artículos, textos y escritos, para sonsacar ideas, criticar posturas, reflexionar intenciones, allanar matices, comparar, angustiar... en últimas disfrutar de otros, con otros, consigo mismos,

mitigan entre hechos, dichos y utopías las realidades que apañan los silencios y algarabias del mundo,

se disfrazan de personajes que fueron, que serán, que ingenuamente intentan ser,

inspirados, hastiados y sofocados de las realidades y cotidianidades, se conjugan con lo efímero, lo trágico y lo romántico, en un pabellón de fantasías,

resueltos, se niegan, se afirman y se contradicen en letras escritas no siempre entendidas, siempre abiertas a quien desee resarcir su ingenio,

embelesados ante la hoja en blanco, dibujan absurdos por la escurridiza piel de las palabras.


Y al final los escritos y sus hacedores están tan solos, solos y abarrotados.

19 abr. 2009

Torpeza ilustre


Cada noche luego de desnudar su cuerpo y abrazarlo a su pijama, tomaba el libro de cuentos de su mesita de noche para apaciguar los pensamientos nostálgicos que la procuraban al caer de la tarde. Pero esa noche prefirió leer su cuaderno de notas para retomar lo escrito el día anterior en un café de La Candelaria, mientras apaciblemente esperaba que el tránsito hiciera el despeje pasada la hora pico. Había escrito con ligereza para no dar lugar a las inquietudes que sin duda llegarían al leer de nuevo las líneas. El separador daba apertura a las páginas que convocarían su desconcertante actuar. A medida que avanzaba en la lectura su respiración se acrecentaba, bruscamente apartaba las lágrimas que opacaban su mirada y sin afán buscó en el cajón las pastillas que tranquilizarían su cuerpo...

Cerró los ojos y la respiración fue cada vez más leve, su cuerpo captaba el caos sacudiéndose interminablemente hasta la última expiración. De repente, se encontró con su cuerpo como oscuridad, intransitable territorio, recorrido por inquietantes murmullos que se parecían al zumbido de la sangre que late contra las sienes. No veía su reflejo en el espejo, no sentía su aliento al acercar sus manos y sus ojos secos le anunciaron que había decidido formar parte de la jauría de fantasmas que habitaban los cuartos, casas y calles de la ciudad. Se asomó por la ventana y vió a su anciano vecino recostado en la pared sonriéndole, junto a él estaba Ana jugando con el perro que semanas atrás había sido atropellado por una patrulla. Apoyó su frente contra el vidrio y no sintió frío, ni sueño, ni afán, ni tristeza...

Pensó: "a los fantasmas no los fastidian las promesas, ni los triunfos que se desperdigan sobre el tapiz de la desdicha, no necesitan asearse para quitarse de su piel los rescoldos de la vida, que han dejado las reuniones, los escrúpulos y la urbanidad, se siente bien ser fantasma".

Miró hacia la mesa y vió el frasco, de repente un vacío inmenso se apoderó de su cuerpo, se sintió caer precipitadamente en un abismo, su respiración se hizo incontrolable y de golpe se sintió amarrada y tendida sobre su cama, el cuerpo húmedo, la respiración acelerada y la mirada perdida le traían la desilusión de un sueño.

El frasco vacío le dejó ver que se había comido los pocos candies americanos que guardaba con recelo en la mesita de noche. Se compuso del sueño profundo que la había traído de vuelta y supo que a todos nos habita un ser de otro mundo, hasta los pasos que damos en falso nos recuerdan el fantasma de nuestra torpeza inútil.

2 abr. 2009

Casi un poema

Aunque sea cierto que los hombres le han traído afanes, angustias y nostalgias; no puede negar la sentencia de sus manos húmedas, de su mirada esquiva, de su inquieta sonrisa, cuando advierte la presencia de Mario.
Desde hace un par de semanas, se sienta en el escalón azul que inicia camino hacia el primer piso del salón principal de la Casa Binomio. Allí, los martes Mario prepara con su grupo la coreografía para ser presentada en el concurso local.
Abre el libro en la misma página cada martes, introduce los audífonos en sus orejas, sin música alguna que acompañe tal molestia y tras sus lentes oscuros, invade con su mirada el escenario habitado por los bailarines.
- Cinco, seis, siete, ocho, desplazo, abrazo, deslizo y giro; cinco, seis, siete, ocho y vuelve...
No es un soneto, pero esa voz al combinarse con los movimientos cadenciosos, es casi un poema. Se desplaza y conquista el espacio con cada paso, abraza y transforma con sus manos la tentación en libertad, desliza y quebranta sutilmente las fronteras, gira y su equilibrio transgrede la mesura de lo deseado.
Sonríe y lee sin ingenuidad cada movimiento de Mario, le apasiona la línea sobre la cual él recrea: giros, saltos, ondas, círculos...con su cuerpo. Su lectura finaliza con el aplauso que hace eco en Binomio. Descuelga los audífonos, presiona una de las esquinas de la página elegida dos horas antes, cierra el libro y con poco afán comienza su descenso hacia la salida del gran salón.
Su mirada sólo buscaba la salida, no se atrevía a echar un último vistazo al escenario, pero el terco deseo le hizo girar el cuello rápidamente sin encontrar en un detallado repaso el móvil de aquel intempestivo gesto. Siguió avanzando sin volver la mirada, hasta que chocó con algo que le dio la sensación de quien cautelosamente sale de su escondite y se encuentra de frente con un batallón en una selva sitiada. Una parálisis se apodero de su cuerpo cuando al levantar el rostro, se encontró con su sospecha, era él, a quien dos horas antes observaba diafanamente. Se perdió en un mundo de pensamientos desconocidos donde no alcanzaba a ordenar ninguno, y poco a poco, como si saliera de una nube que la hubiera suspendido para no dejarla caer al suelo, se separó para darle aire al libro que estaba entre su pecho, su mano y él. Mario persistía con la mirada en ella y le preguntó: ¿Qué lees? Y ella con una sonrisa y un poco más compuesta respondió: - Casi un poema. Y fue entonces cuando supo que había salvado la puerta que le permitía realizar desde ese momento libremente sus deseos.
Y no dijo nada más.

22 mar. 2009

de los continuos viajes...

Las palabras se juntaron, sin tinta, sin papel, sin música de fondo, para hacerle sentir que no estaba del todo sólo a la orilla de sus sueños.

Ella, con ansiosa prisa le contó su último viaje.

-Pasé la escala
crucé el camino
violé la puerta
rompí la cerca
huí a los perros
construí un atajo
amarré al miedo
olvidé la rabia
disfracé al silencio
empaque al deseo
alumbré las sombras
distraje al tiempo
golpeé al centinela
busqué la llave
para entrar en tu cuarto...

Él, comprendió que en ese viaje su sueño
fué el complice para acercarla a su cama
y contemplarle dormido.

17 mar. 2009

Matilde

Sus ojos verdes aún siguen esperando la última lágrima que del cielo cae para no sentir la ausencia de lo que fue su más cercano amigo.
Todo sucedió tan rápido, que no le dió el tiempo necesario para terminar de preparar su alimento. Una mano tras otra la obligaron a entrar en ese incómodo, obscuro y solitario recinto. Lo que había sido su família, decidío enviarla de camino hacia las apabulladoras calles de la ciudad, en una noche sin cielo, sin explicación.
Todo parecía tan nuevo y tan indiferente, que prefirío dormir.
Al despertar, ya nada cubría su frente y una luz similar a la que vió la última vez en su casa le erizó la piel, tras un silencio escucho una voz delicada y sintió sobre sí de nuevo la sombra de la noche anterior. La voz le dijo:
- Matilde te llamarás como la santa del día de hoy, hoy es tu nuevo nacimiento.
- Anoche durante el viaje, algo se te quebró, sin embargo vas a ver que te vas a poner mejor.
Y sin entender sintió las lágrimas del cielo sobre su costado, sus brazos, su rostro.
Le reconfortarón cada espacio de su piel, la luz se hizo más fuerte sobre su rostro
y se empinó para disfrutar de ese instante.
Otra voz más fuerte se escuchó:
- ¿Qué planta es esa, que tiene rota la ramita más grande?